Serie La Música del Exilio: La historia de Ortiga y su tránsito desde el Canto Nuevo hasta la World Music (parte IV)
Ésta es la cuarta entrega de la serie con la historia de un grupo musical chileno ícono del Canto Nuevo. Su radicación en Europa, sus nuevos discos y sonoridades, las marchas por la paz y el segundo deceso que enlutó al conjunto.
El 28 de octubre de 1983 Ortiga volvió a Europa en una gira que marcaría su radicación definitiva en Alemania, aunque no fuera ese el propósito inicial.
Al viejo continente viajó la nueva alineación afiatada desde 1982 y conformada por Marcelo Velis, Daniel Valladares y Manuel Torres, todos fundadores; más Rodrigo Tobar, Antonio Vásquez, Gonzalo Zambra y Freddy Herrera.
La primera invitación llegó desde Alemania para actuar en dos festivales y en un canal de televisión. Después hubo conciertos en Suecia, Dinamarca, Holanda e Italia. Ortiga se sumergió de lleno en el circuito cultural europeo, primordialmente occidental, participando, gracias a su nueva sonoridad, en festivales de jazz germanos y daneses.
“Esta gira fue mucho más intensa que la de 1979 porque tuvimos más conciertos”, explica Velis.
De a poco, la sucesión de actuaciones los fue anclando en el viejo continente: “Teníamos actividad permanente, sin necesidad de preocuparnos de gestionar actuaciones y eso tuvo un papel importantísimo para que decidiéramos quedarnos, pensando también que era una situación que podíamos cambiar en cualquier momento; pero no nos detuvimos, esa es la verdad, seguimos sin parar y eso nos llevó a que la gira de cuatro meses se convirtiera en un año, un segundo, y así”, añade.
La radicación de Ortiga en Alemania, en la zona de Colonia, aumentó su nivel de contactos, ampliando los círculos musicales y los países marcados en su agenda. Poco conocidas son, por ejemplo, sus actuaciones en el bloque comunista, en especial Berlín oriental, en donde coincidieron con Silvio Rodríguez, Miriam Makeba, Atahualpa Yupanqui, Roberto Bravo y León Gieco, entre otros. En la capital de la Alemania comunista, recuerda Velis, “éramos invitados oficiales y recibidos con inmensa cordialidad y cariño en los festivales y conciertos a los cuales habíamos sido invitados”.

Con el alma en Chile
El nuevo escenario era el que profesionalmente el grupo había anhelado. Sin embargo, aun reafirmados en su opción, no dejaban de lamentar su ausencia en un país que había iniciado su lucha por la libertad.
Antes de partir, en 1983 Ortiga había alcanzado a vivir en Chile los primeros meses de protestas populares en contra de la dictadura. Por eso, como explica Velis, “desde el punto de vista del sentimiento, siempre hubiésemos querido no salir. Veíamos que nos correspondía estar en Chile. Incluso, dado nuestro historial, donde debíamos estar era allá, pero la dinámica en Europa no nos dejó otra opción”.
Canto por la paz
En una época todavía de Guerra Fría, el temor europeo occidental a quedar en medio de un conflicto bélico nuclear provocaba masivas marchas, concentraciones y conciertos contrarios a la guerra y a favor de la paz. Así, especialmente en los actos realizados en Alemania Federal, Ortiga participó con frecuencia desplegando su repertorio pacifista. El nombre de su amigo y músico New Age, Joakin Bello, se colaba por sus voces e instrumentos cuando interpretaban el “Himno de la paz”.
“En esos años en toda Alemania se hacían las marchas por la paz (Ostermarsch) para Semana Santa y la principal se hacía en Colonia, cerca de donde vivíamos y vivimos aún, Euskirchen; participamos con frecuencia en contra del riesgo de la guerra, el Apartheid en Sudáfrica y las dictaduras en Centro y Sudamérica”, rememora Valladares.

Nuevas amenazas
El auspicioso clima que rodeaba su carrera no impidió nuevos episodios oscuros, al modo de aquel ocurrido en 1979, en el aeropuerto de Ámsterdam.
Como un misterio nunca aclarado quedó el vandalismo que los afectó a mitad de 1984 en la residencia en la que vivían en Colonia, un castillo perteneciente a la Social Democracia germana y que durante la Segunda Guerra Mundial fue utilizado por la oficialidad nazi.
Al regresar una noche comprobaron cómo desconocidos habían ingresado aprovechando que casi todo el personal de servicio se había retirado. “Se metieron en nuestros dormitorios, patearon puertas, rompieron chapas y dieron vuelta todas las cosas, todo lo nuestro estaba patas pa’ arriba”, relata Velis. Un signo sintomático de la naturaleza del ataque fue el daño en la sala de ensayos: “Destruyeron instrumentos, discos y partituras, programas de concierto, videos de nuestras actuaciones, menos mal que no estaban todos los instrumentos”.
Del ataque no hubo mayores pistas, sólo el relato de empleados de la residencia que aseguraron haber visto horas antes a extraños merodeando.
A fines de 1984, en el puerto de Hamburgo, fueron hostigados e insultados por marineros chilenos que ingresaron a una actuación. “En medio de un concierto empezaron a gritar consignas por Pinochet y comenzaron a amenazarnos. Eran todos chilenos los que nos gritaban. Estaban de civil, pero por el corte de pelo se veía que podían ser de la Armada”, recuerda Valladares.

Un segundo adiós
Lamentablemente, una vez más la satisfacción por la amplia receptividad de la comunidad chilena y del público europeo, como también por la reunión y amistad con los principales músicos exiliados, fue empañada por una tragedia. En 1984, en medio de un viaje dentro de Alemania, en el breve trayecto entre Potsdam y Berlín, la kleinbus en que se movilizaba el grupo volcó en una carretera cubierta de hielo. Zambra, el más joven de la banda, murió en el accidente, enlutando a Ortiga por segunda vez en pocos años.
Tal como Juan Carlos García, fallecido en 1981, alcanzó a grabar en 1979 el álbum danés “Canción de la Esperanza”, Zambra lo hizo en gran parte del álbum “En este lugar”, el quinto del grupo, publicado por el sello germano Pläne en 1984 y que contiene una sentida dedicatoria al compañero que ya no estaba.
Giro compositivo
La calidad de este LP es refrendada por la presentación escrita en la contraportada por Inti Illimani, cumbre de la música chilena:
“Ortiga nada contra la corriente, oyendo sonidos prohibidos, escuchando a viejos poetas en libros polvorientos, recordando su juventud, vivida en tiempos difíciles llenos de dolor, buscando justicia y amor, leyendo los rastros de otra historia en el humo, alcanza la oscuridad, perdido en sus pensamientos, sólo para despertar lleno de vitalidad, seguro de que tiene una pequeña verdad en sus manos.
“Finalmente se dispone a reparar los siete brazos rotos del puente del exilio, del que sus dos pilares flotan en el vacío.
“Así nos une, aportando su diversidad, sus estructuras peculiares, su tonalidad extraña y sublime, y dirige nuestra mirada hacia esta configuración potente y a la vez delicada de sus sonidos. Llegan frescos y jóvenes, crecen altos e implacables, vierten notas y sentimientos llenos de convicción y necesidad de paz, y exigen, con la ternura del primer trovador, ser escuchados aquí y en todas partes”.
El disco expone la maduración compositora e interpretativa de Ortiga. Un avance logrado ya en Chile, en los meses previos a esta segunda gira, puesto que 10 de los 11 temas fueron creados estando el grupo todavía en el país natal.
Este giro es musical y narrativo. En lo primero, porque a lo largo del álbum la sonoridad de raíz latinoamericana predominante en sus primeras producciones se difumina para dar paso a un sonido distinto y cercano a los tintes que sus maestros doctos Jaime Soto León y Luis Advis impregnaban a sus creaciones populares. En lo segundo, porque la casi total inexistencia de letras propias en los cuatro primeros discos fue rota acá con “América”, “Alondra” y “En este lugar”. Estas canciones marcan el estreno de Daniel Valladares como compositor de textos. Ya en Chile, él había asistido a talleres narrativos, experiencia que le sirvió en esta nueva faceta.
El álbum reafirmó también la vocación de Ortiga por la musicalización de poemas. Fueron incluidos “Testamento”, de Pablo Neruda; “Son No. 6”, de Nicolás Guillén, y “Engalanada”, de Efraín Barquero y música de Marco Antonio Velis, hermano de Marcelo, miembro original de Barroco Andino y frecuente acompañante de Ortiga en esta fase de su radicación europea.
Es otro hecho significativo la primera inclusión discográfica de “Andar”, el tema autocensurado en 1976.
Otra novedad es la contribución de Antonio Vásquez, co-compositor con Velis de la música de “Los caballos vuelan hacia el cielo” y “América”. Sería su último aporte, puesto que tiempo después se retiró del grupo para recorrer otros rumbos musicales.
El reclamo de Advis
En el álbum, asimismo es un plus “El Mestizo”, canción que Luis Advis compuso para incluirla en la cantata “Los tres tiempos de América”, grabada posteriormente en 1988 por Quilapayún y Paloma San Basilio. El tema fue retirado de las últimas ediciones del disco de Ortiga por exigencia de Advis, quien en 1984 se había dado a la tarea de recopilar toda su obra para hacer valer derechos de autor que le estaban siendo escamoteados, en especial en Europa. En esa cruzada lo ayudó el propio Velis, que rastreó, consiguió y proporcionó la documentación comprobatoria para que Advis finalmente haya podido hacer valer sus derechos autorales.

Caballos voladores
Si la canción “En este lugar” titula a la vez el disco, el instrumental “Los caballos vuelan hacia el cielo” motiva su carátula. Corceles blancos volando sobre un valle con un pequeño villorrio andino, pintados por el artista alemán Peter Bucker, simbolizan la lucha del pueblo chileno por su libertad. “A nosotros nos provocaba esa sensación de un galopar, de una lucha, de una fuerza telúrica y de un sentido de libertad del pueblo chileno”, explicó Valladares.
Disco “Enronda”
En 1986, siempre con Pläne, y con una formación de cinco músicos, incluyendo al percusionista chileno Carlos Basilio, fue grabado el sexto disco, “Enronda”, cuya carátula, diseñada por el artista teutón Thomas Wagner, repite el concepto de los caballos voladores, incluyendo de nuevo el tema “Caballos hacia el cielo”, cuyo título sufrió un ligero cambio. Otros dos instrumentales de igual belleza son “Enronda” y “Alamar”. Es una trilogía que dio a la música del grupo nítidos colores contemporáneos, al igual que la recreación de Ernesto González para el tango “Otoño porteño”, de Astor Piazolla.
Hay además dos temas de la primera etapa chilena: “Canción de la esperanza”, emblema de la “Cantata de los Derechos Humanos”, y “Eslabón”, titulado “Yugoeslavo” en el tercer disco. La lista se cierra con las canciones “Camino Real” y “Romaria”, de la música venezolana y brasileña, respectivamente.
El predominio instrumental sobre el vocal es explicado por Daniel Valladares: “Constatamos que en nuestros conciertos en Europa la mejor acogida la tenían esos temas instrumentales, lo que nos motivó a desarrollar esa línea con los elementos que ya veníamos experimentando. Eso lo hizo diferenciarse de la etapa anterior en Chile, pero amplió el ámbito de nuestra composición, consiguiendo nuevas sonoridades como en “Enronda” y “Alamar”. Esta sonoridad fue, además, muy bien valorada en algunos festivales de jazz a los que fuimos invitados en Dinamarca (Tonder Festival) y en Alemania, Freiburg (Zelt-Musik-Festival).
Cantata religiosa
En 1987 Ortiga grabó también, aunque no comercialmente, la obra “Redemptoris Mater”, con música del compositor chileno Rolando Cori y texto del sacerdote también chileno Joaquín Alliende. Con esta obra el grupo revitalizó su nexo con la música eclesiástica, ya considerada en su disco debut de 1976 con “Ha Venido Jesús” (del Oratorio «Judas Macabeo») y remarcada en 1983 con la interpretación en vivo de la “Misandina”, de Jaime Soto León.

Con León Gieco
Ese mismo año marcó el inicio de una relación muy fructífera con dos músicos y productores chilenos afincados en Alemania: Mario Argandoña y Juan Carlos “Tato” Gómez.
Ambos habían logrado un nombre propio en el rock y pop europeos después del Golpe Militar, creando el grupo Santiago y alcanzando en los años 80 un status que los llevó a trabajar junto a grandes nombres, como el rockero español Miguel Ríos, y a alcanzar premios de la industria discográfica.
El nuevo vínculo fortaleció en Ortiga las posibilidades de mantenerse vigente en una época en la que ya decaía el interés europeo por la canción chilena del exilio.
En un primer momento, el trabajo junto a ambos productores se mantuvo dentro del círculo de la canción de raíz latinoamericana. Allí se inscribió su participación en grabaciones del cantautor León Gieco, como “La colina de la vida” y el clásico cubano “Guantanamera”, versionada por el argentino en 1987, donde Ortiga aporta musical y coralmente.
Esta relación -tal como el que tuvieron con Mercedes Sosa (ver capítulo V y final) fue un gran respaldo para la labor de Ortiga y un reforzamiento del vínculo entre los artistas latinoamericanos fuera de sus países.
(continuará)
