Columna de Sebastián Gómez Matus: Una enfermedad llamada Chile
La banda chilena sigue con su campaña de ayuda para los afectados por los incendios de la región de Valparaíso. Este fin de semana pide a los fans y asistentes llevar alimentos, artículos de aseo y útiles escolares.
Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO
Hace años escuché a un sociólogo decir que haber estudiado Sociología sólo le había servido para leer bien el diario. Lo que no es poco. Basta con mirar las portadas del diarismo criollo para hacerse una idea de cómo está el país, aunque el chileno de retail parece no enterarse, como si viviera en otro país o bien se encuentra gozando de las mazmorras digitales para estólidos, solidarizando online a diestra y siniestra.
El diario, como soporte de información (aunque su función real es otra), está obsoleto por lo menos desde que Walter Benjamin lo advirtiera; y cuando realmente sirve, ya es archivo. Mientras, su “vigencia” redundantemente diaria guarda una extraña relación histórica con el scroll ad nauseam del presente, instancia que, aunque caduca, parece prorrogar periódicamente su fecha de vencimiento.
El presente nacional no puede entenderse de otro modo que no sea desde lo patológico. Una democracia no solamente enferma, sino que propicia la enfermedad. Por si fuera poco, cada nueva banderita que se alza resulta ser un nuevo segmento patógeno, que vindica el individualismo solicitando a la esfera pública.
Al respecto, las últimas semanas han corroborado y superado con largueza lo que señalo: la tragedia pirómana de la Quinta Región sustituida sin asco por la canonización del expresidente y el loor democratizante del actual mandatario a su antecesor. El gobierno, estratégicamente, busca a los responsables de los incendios, cuando el responsable del estado de las cosas es el mismo gobierno.
Ahora, algunos conspiranoicos piensan que el ex mandatario no murió y es un montaje para evadir juicios. ¡¿Qué juicios?! Más humillante sería el resultado si se hubiesen efectuado: habría salido absuelto, para tomar clases de ética en una de las universidades donde se prepara el relevo del establishment. Chile es un país si no esquizofrénico, esquizoide.
Por su parte, los diarios del conglomerado económico son la ventana arcaica al desfase inveterado de la política del país que, por si cabe alguna duda, no es nuestro. Y nunca lo ha sido. El adjetivo posesivo es meramente retórico.
Hace poco, releyendo una novelita de Aira, me di cuenta de que la otrora disputa política por el poder de los setenta era una lucha contra el tiempo, que toda revolución pedía un salto temporal por superar la posición decimonónica de la oligarquía. En efecto, cabe recordar que hace exactos cuarenta y cuatro años se publicó en Francia un libro que emparentó dos regímenes simbólicos: la economía con la psiquiatría. Gilles Deleuze y Félix Guattari escribieron a cuatro manos Mil mesetas, Capitalismo y Esquizofrenia cuyo primer tomo del proyecto había sido publicado ocho años antes bajo el título de El antiedipo. Como se sabe, un tándem contundente. Al respecto, hay una hermosa investigación de Michel Lafont y Benoît Peeters sobre la escritura ensemble.
Apenas nos enteramos de la muerte del empresario-expresidente, una amiga comenzó a rehuir la conversación viendo la lluvia de memes sobre el deceso. No niego el ingenio de algunos, pero al no ser consumidor de memes ni de redes, mi amiga se aisló durante un buen rato y nos dejó a su pareja (mi amigo) y a mí en el candor de la conversa. Cuando volvió a unírsenos, aunque estuvo en la mesa con nosotros todo el tiempo, debatimos sobre un país que evade su realidad a fuerza de la distracción que dispone lo que acertadamente se conoce como economía de la atención. No sé por qué motivo en Chile las cosas pegan con mayor efervescencia, un fanatismo por lo que te vuelve estúpido y funcional, si acaso no sinónimos. Diría incluso que, amparado en Iván Ilich y Avital Ronell, hay una profesionalización de la estupidez, misma que mantiene al sistema; es decir, Chile cava su propia tumba.
Perder de vista lo social y recaer en lo individual es un movimiento estrictamente funcional al sistema que decimos criticar, es otro síntoma. Además, el mero hecho de participar (el verbo no es el correcto) en las redes sociales es asistir y asentir al planteamiento del supuesto enemigo. ¿Qué bandera levantamos ahora para parcelar aún más la resistencia? ¿cómo contrarrestar el populismo de la política identitaria para fijar nuestra atención en la política distributiva?
En Chile no hay estado social, el Estado es un mero regulador del mercado, aunque ni siquiera, pues según la teoría liberal, el mercado se regula solo. Cabe preguntarse si el Estado no es una plataforma de delincuencia de camisa y corbata (agreguemos faldas y banderitas). Quizás el síntoma principal de esta enfermedad llamada Chile sea la indisposición a priori contra el otro, cualquiera sea, por los motivos remanidos de la agenda política en curso. La reactividad nacional no tiene límites, es un trapo al viento, lo que demuestra la puerilidad de nuestra sociedad.
La filósofa argentina Silvia Schwarzböck sostiene que nuestras vidas, nos guste o no, son todas vidas de derecha, puesto que vivimos en un régimen de derecha (llámenle democracia los eufemistas de turno). Cuestionar el sistema en las plataformas digitales del enemigo es una operación eminentemente liberal, cuando no ultraliberal, sobre todo en el caso de las tecnologías inmersivas, hoy la cereza de nuestra realidad. Las prácticas más normalizadas son las prácticas más esquizofrénicas. Y Chile es un país esquizofrénico, solo faltaría diagnosticar qué tipo de esquizofrenia padece.
Baste recordar el manejo gubernamental de la pandemia; lean la portada de cualquier diario tradicional del país; el LUN es un meme. Baste revisar la conducta y las declaraciones del actual presidente durante el funeral del antecesor, y vean la desorientación inmanente de su semblante. La política, ya no pensemos más binariamente entre derecha e izquierda, es el simulacro mediante el cual se asegura el sistema económico y se promueve la pauperización de la salud mental de la población en el país, entre otras vejaciones. Como dijo el misterioso poeta Lautréamont, “si no me creen, vayan a verlo”.
El país que está afuera de la ventana es el país que nos legó Piñera y su cucutazo, como último eslabón de la cadena de facinerosos que han gobernado el territorio desde el golpe de estado, sino pregúntense quién trajo a los venezolanos, disfrazados de migrantes, como una capa social destinada a la perpetuación del sistema neoliberal y futuros votantes de derecha. No todos, claro, pero la gran mayoría. Advertir esta maniobra económica-demográfica no lo convierte a uno en xenófobo, sino a qué viene la invisibilización de haitianos y ecuatorianos, por ejemplo, que no reciben la misma asistencia que los llaneros. A todo esto, ¿en qué quedó el asesinato de Jeanne Florvil?
Vivimos en un país socialmente destruido, una población atomizada capaz de asimilar el horror al tiempo que se identifica con lo políticamente correcto, imbuida en la eterna contingencia del amén digital, que ironiza cuando no es recomendable y se toma en serio cuando le conviene. Una sociedad cansada, pero siempre disponible para entregar su atención al espectáculo, al montaje de realidad que oculta la realidad que salta a la vista. A tal punto está enfermo el país, que no faltó quien dijo que sólo nos falta un terremoto. Ojalá la tierra no haya escuchado. Ojalá pudieran leer El terremoto de Chile de Heinrich von Kleist, romántico alemán que, inventándola, leyó “nuestra patria” mejor que muchos locales, que todavía buscan las razones en los diarios de los administradores de la enfermedad.
