“Presidente Boric, su amigo Gastón le manda saludos desde Punta Arenas”
El lustrador de zapatos más austral del mundo, con más de medio siglo de oficio en la principal plaza de esa ciudad, ha visto pasar la historia por el frente de su desvencijado lustrín.
Texto y fotos: ERASMO LÓPEZ ÁVILA
Es inevitable no fijarse en lo que rompe el pulcro esquema urbano en la esquina de las calles 21 de mayo con Julio A. Rocca, en el costado sur de la Plaza Muñoz Gamero, de Punta Arenas, en el frontis del Banco del Estado y a metros del señorial edificio de la Municipalidad.
Un singular “mobiliario” urbano desafía la fría mañana puntarenense, pese a que el sol ilumina radiante todo el estrecho de Magallanes.
De lejos veo que, al parecer, allí se venden diarios. Dejo atrás el gigantesco monumento de bronce que recuerda al navegante español y los robustos hombres de la Patagonia y me acerco.
Desde el interior del supuesto kiosco de madera, que está abierto por el frente y por el lado derecho y que tiene un fondo con pequeños asientos y un lado izquierdo cerrado, aunque con un ojo de buey, como el de las lanchas chilotas, sale un señor de unos 60 años y me ofrece el periódico La Prensa Austral.
Lo compro, pero me percato de que no vende otros diarios y que el supuesto kiosco es, en realidad, una instalación de madera donde el suplementero es, también, un lustrabotas.
Cuando llega un cliente, don Gastón Navarro Millacura, abandona su refugio, saca del interior un banquillo y se sienta en él ocupando un pequeño espacio de la vereda; insta al cliente a poner ambos pies en un lustrín amarillo y comienza a desplegar su oficio de más de 50 años poniéndoles pasta y sacándoles brillo a los caminantes de Punta Arenas.
Sus vivaces miradas, su ancha sonrisa y su animada disposición a conversar entibian de inmediato el encuentro. En las paredes del mueble lucen varias fotografías que lo muestran trabajando en días de grandes nevazones, pero también atendiendo a ilustres visitantes.
Hay dos que son relativamente recientes: “En esa estoy con el Presidente Lagos. Vino una vez hace unos años y me contó que estaba retirado de la política. Le lustré sus zapatos y se fue feliz con todas las historias que le conté”.
“Esa otra foto muestra cuando vino el Papa. Yo estoy allá al fondo, detrás de la muchedumbre que se juntó. Pasó por aquí al frente”.
“También vino Pinochet, pero cuando venía nos prohibían trabajar en la plaza. Una vez, un amigo mío muy rico, dueño de esa ferretería de la esquina, me invitó a que fuera a estar con él porque se iba a reunir con su compadre. Fui pa’allá, y resultó que su compadre era el general. Pinochet caminó desde el hotel Cabo de Hornos a juntarse con su compadre. Andaba rodeado de escoltas, pero igual lo conocí. No le ofrecí lustrarle porque le miré los zapatos y estaban impecables”.
“Ah, también yo estaba aquí para cuando fue el puntarenazo. La gente se juntó en la iglesia y desde cerquita le gritaban asesino a Pinochet. De aquí yo veía lo que pasaba en la otra esquina. Y me asusté. Los militares fueron a la iglesia a desalojar a los que protestaban, pero el obispo Tomás González, ¿se acuerda de él?, que era muy gallo, se paró en la reja y los paró. Él me contó después que les dijo: “Yo soy dueño de aquí pa’dentro. En la iglesia mando yo. Aquí no entra nadie”. Y no entraron. Y la gente siguió gritando. Claro que, en la tarde, como la iglesia la mantuvieron rodeada, tomaron como a 200 cabros detenidos cuando se iban pa’la casa”.
“El obispo González era mi amigo. Venía hasta dos veces en la semana a que le lustrara y siempre me contaba que no le aguantaba nada a los militares. Era choro. ¿Qué será de él?”

“¿Se fijó, amigo, en esa otra foto?… Ah, ya la vio… Si poh, al Presidente Boric lo conozco desde que era niño. Venía con su padre, que trabajaba aquí en la ENAP, y se lustraban los zapatos. Y cada vez que viene a Punta Arenas, me viene a ver y le lustro. Es un buen cabro. Yo creo que a veces no la pasa bien. Creo que se debe alejar de los políticos viejos. Me gustan los jóvenes, aunque se equivoquen”.
Le muestro una foto que está en mi celular de cuando el Presidente Boric asistió al lanzamiento de la cuarta versión del libro “Mi 11 de Septiembre”, que escribimos una veintena de veteranos periodistas.
“Ah, lo conoce. Ha estado con el Boric. Cuando lo vea otra vez, dígale que le manda saludos el Gastón, el lustrador más austral del mundo. Así me presentó yo. La verdad es que soy el último que queda. No hay más en Punta Arenas”.
“Y tampoco quedan suplementeros. Somos como cuatro. Incluso, ya no existe el sindicato. Y nos quedó una sede re güena en la que teníamos hasta dormitorios con camarotes para recibir a los compañeros que venían del norte. Y como no tenemos sindicato, el dueño de la Prensa Austral se queda con el tres por ciento que nos correspondería por ley por cada diario que vendamos. Mire, usted me acaba de pagar 700 pesos. De esos, 170 pesos son míos, pero el tres por ciento del valor del diario que tendría que ir al sindicato, no llega. Hablé con un seremi de Justicia para hacer un reclamo, pero hay que poner un abogado y no tenemos pa’eso. A lo mejor vamos a perder la sede. Yo digo, que por último se venda y que la plata se reparta entre los hijos, nietos y bisnietos de los suplementeros que estábamos inscritos”.
“¿Que si yo quiero algo de eso?… No, no me interesa. Tuve tres hijos, los tres son profesionales. Me casé una vez y me separé. Me portaba mal. Mucho copete. Yo no pagaba las pensiones y me venían a buscar y me metían preso. Después tuve otra mujercita por ahí. Nunca he estado solo. Pero no soy buena pareja. Me gustan mis traguitos. Yo abro mi lustrín como a las 9, traigo mi sanguchito, mi cervecita, hago mi colación, soy tranquilo, y en la tarde, después que cierro, me voy a mi casita y me tomo mis copitas. No le hago mal a nadie. Nunca he faltado a mi pega. Tengo 66 años y miles de amigos que me vienen a ver, entre ellos, el Presidente Boric”.
“Y también soy orgulloso de mi origen. Mi mamá era huilliche, de los huilliches de Chiloé. Y mi papá era de origen español, pero yo me siento más huilliche que español. Y moriré huilliche. Me gusta esta tierra. He ido unas tres veces a Santiago y conozco Valparaíso, pero no hay como Punta Arenas. Hace frío, pero aquí la gente es cariñosa y me quieren y me reconocen. Nunca he sentido desprecio de nadie. Y usted ve. Todos me saludan y me quieren. Soy un magallánico más”.
“Este lustrín amarillo lo tengo desde hace más de 50 años. La Nugget y Virginia me han ayudado y me han pasado parkas, ropa gruesa y me han pasado lustrines de fierro. Pero los he regalado. Me gusta este amarillo, casi todo desarmado. Cuando me muera y se vaya el último lustrador del fin de mundo, quiero irme con él. Ojalá cumplan y me hagan caso de lo que deseo”.
