La irrupción mapuche en el fútbol chileno
Más de una vez el afro-mapuche Jean Beausejour ha revelado su sueño de conformar una selección Wallmapu, lo que es un reflejo de la progresiva y elogiable incorporación de esa etnia al fútbol nacional, relegada por años al nombre, himno y escudo de Colo Colo.
Una conjugación de su creciente presencia en el fútbol y de la paulatina legitimización social de sus reivindicaciones ancestrales. Esta mezcla cada vez más evidente en todo el país explica que, por primera vez, un futbolista con sangre mapuche confiese públicamente su anhelo de que en algún momento su pueblo cuente con una selección de fútbol.
“Me encantaría antes de retirarme jugar un partido con la ‘Selección de Wallmapu’. Sería mi sueño”, manifestó no hace mucho Jean Beausejour Coliqueo, consultado de si es partidario de una iniciativa de esa índole, tal como ocurre en España con las selecciones de las distintas nacionalidades.
El tema de una Selección Wallmapu (“Pueblo Mapuche”, en mapudungun) bien pudo haberlo planteado en los años ‘90 el máximo referente futbolístico de esa etnia, Marcelo Salas Melinao, cuando estaba en el apogeo de su carrera y su idolatría rebasaba los márgenes de la hinchada de la Universidad de Chile.
Pero Salas -cuyas demostraciones solidarias concitan reconocimiento generalizado en el mundo del fútbol- discursivamente nunca ha ido más allá de declararse orgulloso de su origen étnico. En cambio ha rehuido un apoyo explícito a la causa mapuche, temeroso quizás de aparecer involucrado en un fenómeno complejo y peliagudo.
Justo es reconocer también que hace dos décadas el tema mapuche era recién abordado en el Chile post dictadura y, tal como en otros ámbitos, lo prioritario era crear una institucionalidad que abordara las demandas largamente ocultas.
Y hasta entonces los futbolistas mapuche no pasaban de un puñado. Estrujando mucho la memoria el hincha podía hacer un nexo étnico-futbolístico con el simbolismo de Colo Colo y con las solitarias irrupciones del arquero René Quitral, seleccionado chileno en el Mundial de 1950; del defensa Víctor Villalón, surgido en Antofagasta Portuario y que acabó jugando por la selección de Bolivia; del también defensa de Palestino Miguel Caneo, y del goleador Manuel Pichulman, aparecido en Magallanes en la mitad de los ‘70 y trasplantado después al fútbol belga.
El porqué de esa escasez
Indudablemente, esa magra representación es consecuencia de la invisibilidad global sufrida por largo tiempo. Casi como una metáfora, el imaginario nacional asociaba al pueblo mapuche con los amasanderos emigrados a las urbes y condenados al trabajo nocturno en las panaderías, ocultos de los ojos de los clientes cotidianos.
Fueron décadas también en que el pueblo mapuche sufrió una fractura que recién hoy comienza a sanar. De un lado quedaron los que siguieron mal viviendo en sus tierras, aquellas que lograron salvar de la voracidad a veces hasta ilegal de chilenos y extranjeros, y del otro, los que quisieron escapar de esa realidad emigrando a las ciudades.
Fueron también épocas en que los mapuche urbanos fueron estigmatizados como alcohólicos y menospreciados en los barrios, colegios, fábricas y construcciones.
De tanto sufrirlo, la mayoría prefirió ocultar su origen, chilenizando o cambiando sus apellidos y dejando de hablar su idioma, exiliando con ello a sus hijos de sus raíces. En esas condiciones, imaginar a niños mapuche intentando ser enrolados en clubes de fútbol profesional escapaba a toda lógica.
Ese acercamiento fue prácticamente nulo en las décadas de los ‘70 y ‘80, escuálido en los ‘90 y alentadoramente creciente durante los primeros 14 años del presente siglo. Esta inserción deportiva va de la mano, además, del paulatino cambio de percepción de este pueblo sobre sí mismo.
En el cuestionado Censo 2012, bajo el gobierno de Sebastián Piñera, casi un millón 500 mil encuestados se asumieron mapuche. Fueron 905 mil más que el Censo 2002. Aunque las cifras muestran altibajos de registro en registro, y no son por ello plenamente confiables, las autoridades atribuyeron este aumento explosivo a que los mapuche están recuperando el orgullo de serlo y a que se sienten menos discriminados.
Esta autoestima mejorada indudablemente repercutirá en más menores mapuche probando suerte en las series cadetes. Por eso el sueño de Beausejour parece viable, asumido eso sí como un fiel reflejo de la maduración de la lucha reivindicativa de su pueblo y no como una postal.
Este texto también lo puedes leer en la edición de esta semana del periódico Cambio 21.
