Derecho al aborto y el fariseísmo de los que abogan por la vida (Parte 2)
Defender la vida, es implementar educación sexual íntegra, real y accesible para toda la sociedad.
Por MARCELA DEL SOL / Foto: ARCHIVO
La hipocresía de las opiniones de la gente que se dice pro-vida es la inmoralidad que mata a un niño parido, sin ser deseado, ni provisto con todos los elementos que involucran el bienestar completo que les brindará una vida. No abogan genuinamente por el niño nonato. Ignoran que la lucha debe incluir, como prioridad, un mundo en el que todas las mujeres y hombres tengan la inequívoca certeza de que el futuro de sus hijos incluirá educación, comida y vivienda. Ser pro-vida implicaría el rechazo a políticas que aumentan gastos de FFAA, mientras disminuyen los gastos de salud y educación, elementos que realmente nos permitirían sentir seguras para considerar la maternidad como una decisión deseada.
Defender la vida, es implementar educación sexual íntegra, real y accesible para toda la sociedad, sin priorizar mojigaterías religiosas sobre las guaguas no natas que tanto defienden y sin hacer del aborto el único foco de sus discursos arrebatados que condenan a la mujer como “asesina”, de paso olvidando que el tango copular fecundo, se ha bailado con un hombre. La vida es un conjunto de asuntos legales y sociales que deben preservar la vida humana, desde su principio hasta su fin.
Es necesario profundizar en lo que se defiende -o ataca-. Cuando dicen, con tanta ligereza y pecho inflado, que el aborto es el asesinato de un ser inocente parecen haber olvidado que San Agustín, del mismo fan club al que la mayoría de estos personajes imprudentes pertenecen, dijo: “No existe ser inocente, porque todos estamos marcados por el pecado original”. Además, la implícita priorización de la vida inocente, por sobre todas las otras, es directamente opuesto a la misión de Dios, quien vino a salvarnos a todos.
Elegir la pureza, determinar valores distintos a vidas diferentes, es alejarse del discurso divino.
Cuando hacen distinciones entre vidas fetales y vidas criminales, no podemos sino encontrar graves inconsistencias de los fundamentos teológicos que estas personas utilizan –convenientemente-, tendiendo a calificar la vida, según la carga “pecaminosa” que llevan. Ésta es, precisamente, la señal más grande de su misógino deseo de controlar el cuerpo de la mujer: haciendo del aborto su única preocupación. Porque no nos quieren en iguales, a los hombres, posiciones de poder, con respecto de nuestras decisiones. Si el asunto fuera acerca de la protección de la vida, ya estarían impulsando políticas públicas que aseguraran el respeto a la vida integra y digna, de cada feto que esperan obligarnos a parir.
Si su frenesí fuese, indudablemente, una pelea por la vida, estarían exigiendo reformas legales, que despojarían de impunidad y atribuirán castigos apropiados a los tantos curas, monjas, pastores y diversos líderes ideológicos culpables de delitos sexuales, pedofilia, tortura, entre otros comportamientos condenables -acá, arriba y entre medio-, responsables directos de mutilar vidas que continúan existiendo, muchas veces deseando haber terminado en una toalla higiénica nocturna, en vez de los tantos dolores irresolutos, con que tienen que caminar a cuestas, en solitaria precariedad.
