Un orgullo para Colo Colo, una vergüenza para Chile
3-0 a Olimpia en el Monumental y la maldición se rompía para siempre. ¿O empezaba?
Por ELE EME
Entre 1984 y 1991 fui testigo generacional de cuatro hitos que marcaron a Chile y le confirieron un respiro a nuestra derrotista idiosincrasia, familiarizada a fuego con los fracasos y la patética institución del “triunfo moral”, ésa que hasta antes de las dos Copas América nos hizo “los holandeses de América” (a la larga los ingleses han ganado más cosas y más importantes que los tulipanes).
En 1984 al fin ganamos el Festival de la OTI, certamen que por razones seguramente ligadas a la pobreza de plataformas y distractores mediáticos de la época era un tesoro largamente codiciado por el país. Estuvimos cerca con el “Pollo” Fuentes y hasta con el estrafalario “Florcita motuda” (de locales), pero ese año le dimos el palo al gato, derrotando nada menos que a Yuri y a domicilio (en México) con “Agualuna”, de Fernando Ubiergo. “Creo en el padre y en el hombre, pero no creo en el mar. ¿Por qué?, ¿por qué?” era parte del pegajoso estribillo de esa canción histórica.

Tres años después, el desfloramiento patrio en materia de triunfos vino por partida doble. Copa América jugada en Argentina. No, no la ganamos (rematamos segundos detrás de Uruguay), pero nos dimos el gustazo de golear 4-0 nada menos que a Brasil en la fase de grupos. No fue un resultado de todos los días y menos por esas cifras y con la superioridad demostrada por nuestros héroes esa noche inolvidable en Córdoba, liderados por Ivo Basay y Juan Carlos Letelier (dos goles cada uno).
Ese 1987 se vino cargado en materia de llenos en Plaza Italia (entonces sin escopetazos de Carabineros apuntando a los ojos ni chorros del “guanaco” contra los rescatistas de la Cruz Roja, a Dios gracias): sólo unas semanas antes Cecilia Bolocco había sido coronada Miss Universo en Singapur. Ya no queríamos más. Si daban ganas de pellizcarse para saber si era un sueño o no.

Y llegó 1991. La madre de todas las batallas. Cuántas veces antes crecí sufriendo viendo cómo la Unión de los ’70 (un equipo que hoy saldría campeón todos los años en Chile) no lograba hacerse de la Copa Libertadores. Uno creció con los tíos y abuelos hablando de cómo empujaron a Nef dentro del arco en Avellaneda en la final del ’73. Mucha frustración acumulada, muchos festejos ajenos, muchos “La copa se mira y no se toca” sintiéndose con tono burlón desde el Atlántico.

3-0 a Olimpia en el Monumental y la maldición se rompía para siempre. ¿O empezaba? Porque parecía que agarrábamos el vuelito cuando dos años después Católica le ganaba 2-0 a Sao Paulo en el Nacional. Era el partido definitorio de la Libertadores del ’93. Cualquiera pensaría que con eso ganamos la Copa de nuevo. El detalle fue que en la final de ida, en el Morumbí, los cruzados se trajeron un humillante 1-5, que prácticamente le entregó a los brasileños ese torneo.

Nunca más la ganamos en 30 años. La “U” del “Matador” Salas llegó a semifinales en 1996, contra River. El empujón grosero del “Mono” Burgos al “Huevo” Valencia es la postal que quedó en la retina y la mente de los futboleros de ese año (tal como la de Nef contra Independiente en la de los hinchas del ‘73). Después igualó su marca en 2010 (eliminados los azules contra las Chivas de Guadalajara de local después de igualar en México, no se puede creer) y el año 2012 (contra el Boca de Riquelme).
El mismo Colo Colo trepó a semifinales de Libertadores en 1997, pero ya sabemos la historia. O la “no historia”, mejor dicho: nunca más.
Cerrando esta nostálgica resaca por esta celebración y sin restarle una pizca de mérito a la hazaña del ’91, que quede meridianamente claro que esta “marca” habla pestes de nuestro desarrollo futbolístico, ya que fuera de esa campaña histórica sólo hemos alcanzado la final otras cinco veces en… ¡60 años de Copa Libertadores! (dos de Cobreloa, otra de Colo Colo una para la Unión Española y para Católica).

Llega a ser absurdo tanto ritual conmemorativo. Ya da vergüenza ajena. Es como ver a un amigo que, 30 años después de haber pinchado con la chica más regia de la cuadra, se sigue jactando de ese logro. Sí, él sigue solo y esa vecina (que se conserva muy bien pese al paso del tiempo) no le da bola cuando pasa a su lado.
Cuando lleguen los 50 años de la única Libertadores obtenida por Chile no sé si eso dará para celebrar o para llorar. O al menos reflexionar qué estamos haciendo mal y por qué lo seguimos haciendo mal.
Pronto nuestras celebraciones van a ser “los 50 años de la Sudamericana de la U”, “las tres décadas de la final de Católica con Sao Paulo” y hasta “el primer centenario de ‘la patada divina’, la del ‘Chiqui’ Chavarría a Francescoli”, con reconstitución de escena y todo.
En este país nunca faltará qué celebrar ni de qué reírse. Sobre todo si es de nosotros mismos. Ésa copa sí que la ganamos seguido.
