Columna de ReneX: La honestidad se fue con licencia

Y luego se preguntan por qué la gente desconfía del sistema… Por qué crece el cinismo, por qué todo se siente podrido. Es que cuando la trampa se normaliza y el abuso se institucionaliza, lo que queda no es un Estado, sino una tómbola con nómina.

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Por El Ágora
Actualizado el 24 de mayo de 2025 - 11:00 am

Convalecer nunca fue tan rentable, afirman los sinvergüenzas de turno. Foto: ARCHIVO

Hay una nueva enfermedad que está causando estragos en la administración pública: la licentis tropicalis. Afecta principalmente a funcionarios que, pobrecitos, caen abatidos por el peso del deber… Y deben recuperarse en playas del Caribe, con una piña colada en la mano y la otra cobrando puntualmente su sueldo gracias a la generosidad del Estado.

Una dolencia misteriosa, sin síntomas visibles salvo el bronceado, pero perfectamente compatible con paseos por centros comerciales y selfies en el aeropuerto.

Pero no nos quedemos sólo con los mártires del reposo internacional. Los municipios también tienen sus campeones de la abnegación: empleados que, por amor al servicio público, trabajan jornadas de 30 horas diarias. Héroes silenciosos que han encontrado el secreto para doblar el tiempo y triplicar el sueldo con horas extras. Unos verdaderos Stephen Hawking de la planilla municipal. Lo que no ha logrado la física cuántica, lo ha logrado el Excel.

Aquí, la ética profesional se guarda en un cajón junto con la máquina de timbrar. Y la moral… bueno, la moral se perdió en algún memo de 2003. Porque lo legal no siempre es moral, pero eso ya no importa. ¿Para qué tener principios si se puede tener viáticos? ¿Para qué hablar de deber cuando lo importante es el débito?

Dinero público en ordeña

Y luego se preguntan por qué la gente desconfía del sistema. Por qué crece el cinismo, por qué todo se siente podrido. Es que cuando la trampa se normaliza y el abuso se institucionaliza, lo que queda no es un Estado, sino una tómbola con nómina. Y todos quieren su ticket ganador.

La deshonestidad no se esconde: se jacta. Se pasea impune, con licencia médica y horas extras autorizadas. Y el que se indigna es el tonto. Porque aquí, el vivo no es el que hace las cosas bien, sino el que sabe dónde está la rendija por la que se filtra el beneficio.

Así estamos: un país donde el dinero público no se cuida, se ordeña. Donde la ley se respeta sólo si conviene. Y donde la ética es solamente una palabra más y en desuso.

Pero sigamos aplaudiendo. Al fin y al cabo, todo esto es legal. ¿O no?