Crónicas de Sergio Ried: El «rey» de Cuba

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Por El Ágora
Actualizado el 8 de diciembre de 2023 - 8:45 am

Reynaldo «Rey» Garrido, el mejor tenista de la historia de la isla, protagonizó un hecho inédito al coronarse campeón del Canadian National Championships (hoy Canadian Open), el año 1959, venciendo en la final a Orlando, a su hermano mayor.

Por SERGIO RIED / Fotos: ARCHIVO

Con el valioso trofeo conseguido en Canadá, Reynaldo Garrido se embarcó desde Ontario directo a Miami en un exilio legal, por ser un acérrimo opositor a Fidel, mientras su hermano, fiel al régimen castrista, retornaba a La Habana para asumir un importante cargo. Con esos antecedentes llegó a Chile «Rey» Garrido, para una curiosa y extensa estadía.

En la década de los 50 del siglo pasado, el tenis distaba mucho de ser una profesión lucrativa como lo es hoy, y los jugadores tenían que rebuscárselas para conseguir que se les pagaran unos dólares «bajo la mesa» para competir sin afectar su status de amateurs. En esa época de amateurismo “marrón», que antecedió a la «Era Open» en 1968, Reynaldo Garrido llegó a Chile a jugar el tradicional Campeonato de Fiestas Patrias organizado por el Club International, de la ribera del Mapocho.

Torneo importante de la época, en el que se disputaban todas las categorías, desde cuarta a escalafón nacional, congregando en la prueba cumbre a los mejores jugadores de Chile y algunos invitados ilustres de Brasil y Argentina.

Era el momento de Andrés Hammersley, Alfredo Trullenque, Renato Achondo, Salvador Deik y de un joven Luis Ayala.

La novedad ese año 1961, era el tenista cubano, que venía de ganar el campeonato de Canadá. Alojamiento en casa de un directivo del club, comidas en el mismo club, pasajes desde Miami y unos cuantos dólares, bastaron para traer a este notable jugador, de un país que no se ha distinguido precisamente por su producción de tenistas.

Reynaldo (de rojo) junto a su hermano Orlando.

VISITA PEGAJOSA

La campaña de este cubano en la arcilla capitalina no pudo ser más auspiciosa, porque este «Rey » demostró, además de sus dotes de gran jugador, ser un tipo pintoresco, simpático y un mago con la raqueta. Se quedó con la copa de campeón y, además, con el primer premio incrementó sus haberes en unos cuantos dólares.

Terminó el torneo la tercera semana de septiembre y llegaba octubre, sin que el cubano diera la menor señal de querer regresar a casa. Seguía viviendo en el departamento que le facilitaron para el torneo, haciendo todas las comidas en el club y jugando con los socios.

Claro que estos juegos tenían una doble intención, porque «Rey» no jugaba con ellos sólo para divertirse, ya que era un gran apostador y les sacaba el dinero a sus rivales, la mayoría de un nivel que oscilaba entre la primera y segunda categorías. Empresarios y profesionales que jugaban todos los días a la hora de almuerzo y para quienes era un honor enfrentar a un campeón de la talla del isleño.

Para que los desafíos fueran más tentadores, les daba a sus rivales «más 30», o sea dos puntos de ventaja en cada game. Así, él partía cada juego perdiendo 0-30. A un conocido abogado, dueño de un intrincado y difícil servicio, llegaba a darle «más 49» y a otros les jugaba colocando una silla en el medio de su lado del court o jugando él en la cancha de singles y su rival en la de dobles.

El colmo fue cuando a uno le jugó con un perro callejero atado a su pierna. «Rey» hacía cualquier locura para incentivar a sus rivales y nunca lo vi perder una apuesta.

Yo conocí a Reynaldo antes de comenzar el torneo, cuando lo entrevisté para El Mercurio y lo seguí viendo durante la semana de campeonato y compartiendo con él en las semanas posteriores.

Transcurrió septiembre y la mitad de octubre y el bueno de «Rey» seguía inmutable y dándose la gran vida a costa del club y sus socios. Apostando, entrenando un par de horas, yendo de rumba y atendiendo a su corte de amigas…

Hasta que, por fin, la primera semana de noviembre anunció que regresaba a casa porque iba a ser el cumpleaños de su novia.

Al año siguiente, «Rey» se hizo profesional de «jai alai», deporte muy popular en Miami, en el que las apuestas son tan cuantiosas como las del hipódromo y además pagaba mucho más que el tenis.

Hoy, este personaje único del tenis, sigue viviendo en Miami junto a su esposa y sus dos hijos.