Columna de Sergio Gilbert: Árbitros, paren el escándalo de una vez por todas

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Por Sergio Gilbert
Actualizado el 3 de agosto de 2023 - 12:22 pm

Pese a la dependencia económica que tienen los árbitros de la ANFP y que podría darle a ella cierto nivel de influencia, estos imponen su independencia a la hora de las decisiones internas apelando a que deben tenerla para evitar suspicacias.

Por SERGIO GILBERT J. / Foto: ARCHIVO

Acusaciones de discriminación laboral y de género. Abuso de poder. Componendas, ajustes de cuenta y camarillas. Incluso denuncias de acoso sexual tras una jornada de abundante alcohol.

Todo eso, y quizá qué más falta por saber (nunca se puede estar seguro de haber tocado fondo) es lo que hoy se vive el torno al mundillo de los árbitros chilenos.

En este punto, como en varios otros en el fútbol chileno, podemos decir que estamos en la B.

Ya no se trata sólo de deficiencias, desconocimiento del reglamento o falta de criterio. No. Es mucho más grave. El cuerpo de jueces nacionales está en estado de pudrición en lo valórico, en lo moral, en lo ético. Cada hecho que sale a la luz, cada escándalo que la prensa denuncia, cada declaración que se escucha a través de los abogados de una y otra parte (porque los jueces no hablan públicamente como si ese fuera el peor de sus pecados) nos lleva a la única conclusión posible: el arbitraje chileno vive una crisis profunda que lo acerca mucho a la indecencia.

Lo peor es que la crisis no parece tener una salida rápida. El estamento de los jueces está amparado por una dirigencia que le teme (es preciso recordar que por una amenaza de huelga la ANFP echó a Javier Castrilli como jefe de los árbitros) y su dirección interna -la de Roberto Tobar (foto principal)- ha demostrado ser, al menos hasta ahora, pusilánime y acomodaticia para enfrentar temas candentes que requerían de habilidad y sapiencia para ser superados o, al menos, bien tratados.

El problema mayor es que parece que no hay, en el corto plazo, visos de solución para un estamento que está putrefacto.

Pese a la dependencia económica que tienen los árbitros de la ANFP y que podría darle a ella cierto nivel de influencia, estos imponen su independencia a la hora de las decisiones internas apelando a que deben tenerla para evitar suspicacias. Pero con ello se liberan y hacen lo que les da la gana sin que haya ningún sistema que los controle, los fiscalice y los sancione de verdad. Los árbitros no sólo son los dueños de la pelota. Son los que deciden si la pelota se pone en juego.

Así las cosas, el panorama se ve negro. Se sabe de antemano que todos aquellos y aquellas que quieran ir contra la corriente en el seno interno serán duramente castigados(as) y que, además, cualquier intento externo por modificar o al menos ordenar una estructura que está mal diseñada se encontrará con la granítica respuesta de un grupo de privilegiados que no tiene intención alguna de dejar escapar parte de su poder.

En medio de todo, y sin saber qué hacer, cómo reaccionar, a quién ir a alegarle, está un puñado de hinchas que sigue creyendo que el fútbol es lo que importa y que todos los que están a su alrededor piensan lo mismo. Que creen en la buena fe y en la santidad del Reglamento. Que piensan que los árbitros pueden ser deficientes, pero no corruptos. Que tienen la convicción de que una equivocación es producto del azar, del nerviosismo, de la presión. Que no es verdad eso que dicen que en la semana se ponen de acuerdo entre ellos para designar árbitros para cada partido según sus propios intereses.

Pobre de esos incautos.

Por ellos, al menos por ellos, paren de una vez el escándalo.