[Vídeo] A un año de la primera copa: el Día de la Independencia
Acostumbrados a reflejarnos como sociedad en los Estados Unidos de América, el 4 de julio lentamente se había convertido en una fecha en que las barbacoas, los malvaviscos y las malteadas se abrían paso en nuestros referentes de consumo, léase tiendas de retail y supermercados, sin embargo, el destino obró mágicamente en nuestras vidas hace un año (o 366 días si lo prefiere, dado que este es un año bisiesto) y nos regaló un espléndido colofón para la fiesta que se organizó en diversas sedes de nuestro país.
La Copa América de 2015, trocada inteligentemente con Brasil (a Chile le correspondía en 2019 y a Brasil en 2015) en una lúcida maniobra política de la directiva de Sergio Jadue y sus –a estas alturas- secuaces, fue la ocasión perfecta para despercudirse de 99 años de sinsabores y desilusiones; hablar de frustraciones es fuerte, y hacerlo ningunearía a diversos nombres que también escribieron la historia de nuestro fútbol, desde los lejanos Manuel Guerrero, Ramón Unzaga y David Arellano hasta los ídolos contemporáneos como Marcelo Salas, Iván Zamorano y Alexis Sánchez (entre otros).
Pero también está Raúl Toro, el Sapo Livingstone, René Meléndez, Leonel Sánchez, Jorge Peredo, Carlos Caszely y Juan Carlos Letelier. En la banca no podemos obviar a Luis Tirado, Fernando Riera o Luis Santibáñez. Por eso, lo vivido hace un año fue la liberación de todos los fantasmas; el poder decirle a todos los antes descritos “ya está, esto también es para ustedes”.
Nobleza obliga. La copa inició con poco brillo. El partido con Ecuador fue un laborioso triunfo asegurado en el complemento. La segunda jornada mostró el temple de Chile que empató un trabado encuentro ante México, que vino con un equipo B, o quizás C (de “Proyección” le llamaron ellos). La última fecha del grupo obligó a asegurar la clasificación ante Bolivia, y el 5-0 frente al débil equipo altiplánico conectó por primera vez al equipo con la hinchada.
Pero se sabe que en estos torneos la verdad asoma en segunda ronda. Y ahí, vino una mini batalla, sicológica y futbolística: el partido con Uruguay, que dejó una serie de recuerdos en el imaginario popular (el episodio Jara-Cavani, la mediación de Valdivia con el cuerpo técnico uruguayo, el gol y la celebración eterna de Mauricio Isla) pero que como expresión de fútbol fue tenso, emotivo, estresante.
Una final anticipada para muchos, tomando en cuenta que Brasil no sobrevivió al frío penquista y fue eliminado por Paraguay, que Argentina y Colombia ofrecieron emoción recién en los penales en Sausalito y que Perú y Bolivia se midieron por un suculento cupo a semifinales en Temuco.
La semifinal con Perú fue el lunes 29, feriado, y constituyó un partido que muchos dieron por ganado antes de jugarse. Quizás Paolo Guerrero asomaba como la única amenaza del rival, que fiel a su costumbre de tomarse este partido como una guerra o algo así, se encontró con la gran opción del golpe de gracia a la Roja tras el desafortunado autogol de Gary Medel, que igualó las cosas a mediados del segundo tiempo.
Pero apareció Eduardo Vargas que, tras un gol feo, que significó el 1-0 en el primer tiempo, regaló a los asistentes una joya desde fuera del área, un tiro bombeado, lindo, que se coló donde no pudo llegar el arquero peruano. Después de eso, a administrar el 2-1 y esperar el fin del partido, que abrió la semana más larga en la historia del fútbol chileno.
Entre el término de la semifinal y el pitazo inicial de la final hubo una larga espera, donde se echó mano a los incontables recuerdos de derrotas ante Argentina, de goles perdidos, de escándalos arbitrales, de mufas y contramufas. Los rivales llegaban con la primera opción merced al 6-1 endosado a Paraguay en la otra llave. A decir verdad, muchos apostaban por un fácil triunfo trasandino, otros se la jugaron por la sorpresa nacional. Pocos, muy pocos anotaron la opción de los penales, pues estaba fresco el recuerdo de la eliminación ante Brasil en la Copa del Mundo de 2014.
Cuando Wilmar Roldán indicó el final de los 120 minutos de partido, como a las 19:30 horas del sábado 4 de julio, el nivel de estrés del país aumento exponencialmente. Quedaba atrás un juego final con aisladas emociones; donde Chile logró maniatar el virtuosismo ofensivo argentino, ayudado por la impericia de Gonzalo Higuaín que hacía su bis en finales fallando un tiro que pudo sellar la suerte de ambos en el minuto 90.
Ahora, estaba la opción de inaugurar el palmarés, en el escenario soñado: de local, en el lugar donde tantas veces nos quedamos con las manos vacías (la Selección en 1952, 1955, 1991 y Colo Colo en 1973, Cobreloa en 1982 y la Católica en 1993, entre otros) y donde compatriotas, en una dimensión distinta al fútbol, habían sufrido los vejámenes más crueles de manos de otros chilenos, en la infamia que siguió al Golpe de Estado en 1973.
La serie a estas alturas se repasa de memoria: la genial ejecución de Fernández, el ajustado tiro de Messi, el penal de Vidal que entra pidiendo permiso al arco de Romero, el asteroide que pateó Higuaín, el trallazo de Charles Aránguiz y la mirada nerviosa y perdida de Banega antes de entregar el balón a Bravo fueron el prólogo de lo que cerró Alexis Sánchez.
Y ahí estaba la historia, tan cerca y tan lejos, como dice el cliché. Contamos los pasos de Alexis, rezamos a todo lo imaginable y el tiro entró, haciendo “patitos” en la valla del gigantón Romero, que se jugó por su izquierda. Era la hora feliz. El momento más soñado y atesorado desde entonces por la eternidad. “Chile Campeón de América” se leyó en la televisión, se escuchó en la radio y se leyó en diarios e internet. Así fue como el 4 de julio pasó a ser nuestro día de la independencia, con próceres que no visten como en los libros de historia, pero que tienen claro que la opción de hacerla está en sus manos y sus pies, y así lo seguirán entendiendo.
