Carabineros: una policía más eficiente en contra de la gente que de los delincuentes

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Por El Ágora
Actualizado el 20 de octubre de 2022 - 1:51 pm

Los necesitamos, muchachos. Los echamos mucho de menos cuando la delincuencia, como está ocurriendo, se desata. Los aplaudimos a rabiar cuando llegan a darle con todo al lumpen. Pero nos caen como patada en la guata cuando se ponen mansamente del lado de los poderosos de este país y se transforman en la guardia pretoriana de ricachones y políticos que ven amenazados sus muchos e irritantes privilegios. Y es que ustedes son puro pueblo, sólo que a veces parecen olvidarlo.

Por LAUTARO GUERRERO / Foto: AGENCIAUNO

Con Carabineros, con los pacos en lenguaje popular y coloquial, alcanza más vigencia y verdad que nunca el poema de Rubén Darío que, refiriéndose a un amor ingrato, concluye diciendo que “si me lo quitas, me muero; si me lo dejas, me mata”. Y es que con los “tombos”, como escuché también mencionarlos una vez en mis años de palomilla, hemos vivido un larguísimo período de amor-odio que, mientras el estado de cosas que tenemos se mantenga, con altos y bajos va a seguir igual.

Porque necesitamos a los pacos como representantes del orden y custodios de la tranquilidad del populacho, pero nos caen como patada en la guata cuando, olvidando sus orígenes casi siempre humildes, se ponen prepos y abusadores con el ciudadano de a pie, y en cambio suelen ser mansos corderitos y en ocasiones hasta genuflexos con los ricachones y los “palo grueso”.

¿Ha visto usted alguna vez a un paco pegándole un lumazo bien dado a un empresario, a un huaso platudo o a uno de esos políticos que en el fondo los desprecian, pero que, como siempre les son útiles, les doran la píldora? Seguramente no, salvo que el verde haya estado con la pipa, que a cualquiera pone odioso. Pero seguramente ha visto, y más de una vez, a un paco o a varios de ellos juntos dándole como bombo en fiesta a un manifestante, a un estudiante o a un trabajador en huelga.

Concebido como una policía militarizada desde su fundación, el 27 de abril de 1927, por iniciativa de Carlos Ibáñez del Campo, a la fecha vicepresidente de la República, Carabineros tenía como tarea principal mantener el orden público y librarnos de los delincuentes y sus tropelías. Pero insertos en una sociedad injusta y desigual, empujados por sus mandos se transformaron más de una vez en la guardia pretoriana de los que en este país han tenido siempre la sartén por el mango.

Partamos por decir que, junto a otros muchachos con uniforme, a la hora de los quiubo no han trepidado en ponerse al lado de los poderosos. Y, por lo mismo, a protagonizar masacres de gente pobre que, en el clímax de su choreamiento, tuvo la osadía de sacar la voz y protestar. Ocurrió, lo que, en esos casos, ocurre siempre: las balas pudieron más que los palos y las piedras.

Convengamos también que, mientras no hubo una amenaza de que perdieran sus privilegios los mismos de siempre, nuestros amigos pacos generalmente se han comportado a la altura. Protegiendo barrios dentro de sus posibilidades, salvando gente víctima de desastres naturales, rescatando giles asopados que estaban perdidos en cerros o bosques y hasta rindiendo la vida en defensa de nuestro territorio, como ocurrió ya hace largas décadas con el teniente Merino en Laguna del Desierto, baleado por una gendarmería argentina que pensaba que invadir el país vecino les iba a salir gratis.

Aparte, ¿quién no ha visto a una pareja de pacos como sus ángeles guardianes cuando estaba a punto de que los cogoteros se lo hicieran de chupete? Seguramente, muchos. Y es que los verdes, cuando se dedican a hacer la pega para la que fueron creados, suelen ser asaz eficientes, excepto que se les quede en pana la moto o al furgón en pleno trayecto se le acabe la bencina.

Si ello ha ocurrido, y con mucha frecuencia en los últimos tiempos, no ha sido por falta de recursos, aunque desde luego todos quisiéramos que fueran más. Pasó que, siguiendo el mal ejemplo de otros uniformados, los altos mandos de Carabineros pensaron que estaba la papa y que se pasaban de amermelados si no se sumaban al desenfrenado choreo de platas fiscales. Resultado: hay tres generales directores acusados de meter las manos en el cajón –Gustavo González Jure, Bruno Villalobos y Eduardo Gordon-, aparte de una treintena más de charreteados que también pensaron que tenían que tirar las manos como si el mundo se iba a acabar.

Lo que empezó como una sospecha de 71 millones de pesos extraviados, a medida que avanzó la investigación se transformó en un forado que supera los 28 mil millones de pesos que se evaporaron. En otras palabras, mientras los pacos de la tropa, como cualquier chileno, tenían que hacer figuritas para llegar a fin de mes, los altos mandos se daban la vida del oso choreando como orates.

Nos duele, ¡cómo no!, cuando un paco pierde la vida en el ejercicio de sus funciones. Nos rebela el que sean agredidos liviana e impunemente por pelafustanes extranjeros y por los pinganillas nuestros, que en la escalera de los choros por ningún motivo quieren quedarse abajo. Nos indigna que esos atorrantes venezolanos de Puerto Montt que los atacaron sigan en Chile, muy campantes, tanto como ese cuidador de autos criollo que, emprendedor el hombre, les cobraba 5 lucas a cada conductor a cambio de que no le rayaran la máquina y, encarado por una carabinera, encontró que lo más adecuado era empujarla y, cobardemente, golpearla.

¿Quedó preso? ¡Las pinzas, viejo…! Ubícate, si estamos en Chile.

Es decir, que, en la pelea contra el lumpen y la delincuencia, los pacos contarán siempre con nuestro apoyo. Irrestricto y total. La duda es si, contra esa delincuencia, los pacos actúan con la misma fuerza y decisión con la que reprimen a manifestantes, trabajadores y escolares que no se encapuchan ni usan overoles blancos. Y es que en este tercer aniversario del Octubre 18, los delincuentes hicieron lo que quisieron, saqueando comercios a plena luz del día en las cercanías de Plaza Baquedano y, por la noche, sembrando el terror en Puente Alto y en otras comunas del país. ¡Hasta se apoderaron de tres micros para, utilizándolas como ariete, entrar a robar lo que pillaran en un supermercado!

Lo peor es que esa noche de espanto, todo un carnaval de la delincuencia, no paró allí. Cebados los pelafustanes puentealtinos, al día siguiente llegaron en masa a saquear otro supermercado. Sin embargo, como no pudieron, debieron de conformarse con dejar pelado un camión que había llegado a repartir mercadería. ¿De qué? Da lo mismo. Chorean lo que pillan, porque para ellos es la costumbre.

¿Dónde estaban, muchachos? ¿Qué hicieron para disolver o controlar a esa turba de delincuentes que no están ni ahí con esas justas demandas sociales que la gallada viene gritando a voz en cuello y por años?

Viendo las indignantes imágenes, la gente decente de este país los echó mucho de menos. Pero el hecho cierto es que no estuvieron. O no estuvieron a tiempo, que para el caso es lo mismo.

Estamos con ustedes, qué duda cabe. Pero no nos pidan que estemos con ustedes cuando, como en 1973, encabezados por el rastrero César Mendoza, se plegaron a un Golpe de Estado digitado por los gringos y con el entusiasta apoyo de los ricachones chilenos. No nos pidan que los apoyemos cuando, en pleno estallido social, acataron sin cuestionamientos las órdenes de un Presidente delincuente para reprimir a un pueblo ya demasiado harto de inequidades y de abusos.

Según el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), hubo 3.765 personas heridas en el contexto de las movilizaciones, de ellas 2.122 heridas por disparos de perdigones, balines y balas. Eso sin contar los 445 manifestantes que sufrieron heridas oculares. Que perdieron la visión en un ojo y, en algunos casos, en los dos, como Fabiola Campillay y Gustavo Gatica, que jamás podrían haber sido acusados de delincuentes.

Pero hubo más: como 1.835 denuncias por vulneraciones, 197 por abuso sexual, 20 por torturas y otros tratos crueles y 1.073 por uso excesivo de la fuerza.

Y, salvo casos muy puntuales, ustedes, muchachos, la han sacado bastante barata hasta el momento por casos de evidente barbarie y abuso de poder. Hasta octubre de 2022, de las 3.150 denuncias presentadas por el INDH, 550 se dejaron de investigar y 1.973 están sin ningún formalizado. Han existido sólo 14 condenas, y de todos los condenados 26 son carabineros y uno es funcionario de la Armada.

Para decirlo claro: bien poco derecho tienen a victimizarse. Al menos, no respecto de los manifestantes sociales, que nunca los han visto como sus enemigos, aunque sí muchas veces como los “tonton macoutes” del injusto orden establecido tras 17 años de oprobiosa dictadura y más de tres décadas en que la despreciable clase política, con una que otra excepción, la ha gozado más que chanchito en el barro.