Carlos Gardel: la historia de un zorzal futbolero
Un texto imperdible sobre la pasión que sentía el inmortal intérprete de tangos y este deporte. Al artista lo unió un entrañable cariño por el Barcelona de España, pero su verdadero hinchismo lo volcó hacia la selección argentina y al Racing de Avellaneda. Incluso, intentó convencer a un crack de Independiente para que dejara el Rojo y jugase por la Academia.
Por HÉCTOR VEGA ONESIME
Desde su primer viaje a España, Gardel había demostrado una singular simpatía por el Barcelona y cultivó una profunda amistad con José Samitier, el crack máximo del fútbol hispánico en la década del 20. A través de esa relación germinó una perdurable corriente de afecto entre los españoles y Gardel. En el año 1931, Inglaterra y España realizaron un partido amistoso que luego sería considerado «histórico». Gardel -quien estaba en París- sintió que no podía dejar de verlo.
Sacó pasajes en vapor (en esa época era notorio su terror a los aviones) y cruzó el canal de la Mancha junto a su admirador Pierotti y los amigos Guibourg y Duggan. El encuentro se disputó en el estadio del Arsenal el 9 de diciembre. Ganaron los locales 7 a 1 y la amargura de Gardel fue tremenda, no sólo por el resultado sino porque quien debió soportar la potencia ofensiva de los ingleses fue alguien a quien estimaba mucho: Ricardo Zamora.
El diario ABCA de Madrid destacó su presencia: «Asistieron muchas personalidades y desde España viajaron cerca de cuarenta aficionados. Además, estaba el cantor de tangos argentinos Carlos Gardel que hizo expresamente el viaje desde París». Pocos días después de su muerte, España presentó en Buenos Aires un combinado integrado por jugadores catalanes y madrileños. Entre ellos Angel Arocha, el único sobreviviente del equipo del Barcelona de 1928 que había visitado Argentina y a quienes Gardel acompañó en el viaje. Fue inevitable la pregunta para Arocha sobre el trágico final del cantor: «Nosotros -dijo- teníamos del tango una impresión inferior hasta que apareció Gardel en España. Lo levantó, le dio calidad y categoría. Me acerqué a él para conocer a un ídolo y me encontré con un gran muchacho, cordial como pocos. Trabamos una amistad estrecha y estuvimos juntos mucho tiempo. La última vez que lo vi fue en Madrid y se despidió señalándome: ‘La Paramount me lleva a Nueva York. Chau, pibe. Ahora no te puedo decir cuándo nos volveremos a ver…’ No nos vimos nunca más».
En Argentina sus simpatías -compartidas por el turf (la hípica) e Ireneo Leguizamo- estaban depositadas en el Racing Club de Avellaneda y en Pedro Ochoa, el entreala derecho de ese equipo considerado el Maradona de los años 20. Como ocurre con algunos ídolos, Ochoa era díscolo y caprichoso. En esos tiempos del amateur, las obligaciones no eran tan exigentes y muchas veces Ochoa decidía no jugar y no jugaba.
Una tarde en que Gardel asistió a ver un partido de Racing, Ochoa se va a la tribuna enojado por una promesa no cumplida por el club. Gardel se le acercó para convencerlo: «Pedro, yo vengo a ver a Racing, pero especialmente porque te vengo a ver a vos. Jugá, hacelo por mí». Ocho jugó y realizó una de sus actuaciones más brillantes.
Quien hizo referencia irrefutable sobre la relación Racing-Gardel fue Raimundo Orsi,puntero izquierdo del rival del barrio: Independiente (también actuó en las selecciones argentina e italiana -con la que fue campeón del mundo en 1934-, dada su doble nacionalidad). «Mumo», apodo con el que se lo conocía, alternaba en su juventud el fútbol con el violín, y llegó a integrar la orquesta de Francisco Canaro.

Siempre recordaba la noche en que enterado de su doble actividad Gardel lo increpó: «¿Decime, pibe, qué te gusta más? ¿El violín o la pelota? Decidite. Hace una sola cosa y bien».
Enseguida agregó: «¿Así que vos sos de Independiente? Yo soy de Racing, pibe… y ahí juega el maestro Ochoíta. ¡Ochoíta! ¡Un fenómeno! Sacáte el rojo, Mumito, que te queda mal. Veníte a Racing. ¿Sabes lo que sería una pareja Ochoíta y Orsi juntos?».
Su admiración por Ochoa la patentizó cuando en el tango «Patadura» pone especial énfasis para subrayar el párrafo que dice: «… y ser como Ochoíta, el crack de la afición».
Todos los domingo durante varios años, Gardel se encontraba con Nicolás Preziosa (conocido entrenador de boxeo, quien tuvo en sus manos -entre otros- a José María Gatica, Ricardo Calicchio, Andrés Selpa, Alcides Gandolfí y Sabino Alfredo Bilanzone) y Elías Alippi (legendario actor argentino) en el café «Ideal», ubicado en la de Corrientes y Paraná. Gardel era el último en llegar, pues antes hacía su inefable pasada por el Hipódromo y con los minutos justos se iban a la cancha para ver a Racing.
El 5 de julio de 1935 en la revista «El Gráfico» salió una nota escrita por el insigne periodista deportivo Félix Daniel Fraseara, cuyo título señalaba: «La canción y el deporte. Racing ha perdido con Gardel a uno de sus grandes hinchas».
Cuando Gardel era tan solo «el francesito» del barrio del Abasto en el que transcurrió su niñez, conoció la magia de ese deporte que atraparía al mundo: el fútbol. En el orfanato que estaba limitado por las calles San Luis, Gallo, Anchorena y Córdoba, pateó las primeras pelotas. No hay referencias ciertas sobre sus condiciones, pero es sabido que su físico no era justamente el de un atleta (llegó a pesar 110 kilos). Por eso la práctica deportiva fue siempre para Gardel una necesidad (practicó bochas, pelota vasca y gimnasia, y fue fanático del boxeo).
Pero es inevitable volver al fútbol cuando rastreamos los recuerdos de Gardel ligados al deporte. En el año 1928, la delegación argentina que iba a los Juegos Olímpicos hace escala en España y se encuentra con Gardel, quien comparte muchas jornadas con los futbolistas del grupo. Incluso viaja con ellos hasta París y pese a tener ya los pasajes reservados para seguir camino a Amsterdam, un imprevisto contrato lo obliga a trasladarse a Italia.
Gardel sintió mucho la separación. Eso surge del testimonio de quienes compartieron esas veladas inolvidables. Uno de ellos fue Raimundo Orsi: «Nuestras charalas terminaban casi siempre en su casa y con el infaltable mate. Un día, cuando estábamos a punto de despedirnos, me pregunté:’¿Cómo se va a ir y yo quedarme sin ningún recuerdo suyo?’. Y le ‘robé’ la bombilla con la que tomábamos el mate. Seguramente Carlitos debe haber pensado siempre que la perdió».

