El campeonato chileno es el peor de Sudamérica
La Federación Internacional de Historia y Estadística de Fútbol (IFFHS), clasificó a la liga nacional en el último lugar del subcontinente. Nada que pueda sorprender, luego que el año pasado dejara en claro que los clubes nuestros prácticamente no existían en el ámbito mundial.
Si hace algunos meses nuestro chilensis ego futbolero se nos había venido al piso luego de
conocerse la ubicación de los clubes nacionales en el ranking mundial de clubes, la IFFHS,
sigla en inglés de la Federación Internacional de Historia y Estadística del Fútbol, nos acaba de dar otro duro mazazo que, dicho sea de paso, tiene directa relación con lo primero.
Para decirlo pronto y claro: una liga conformada por clubes rascas y poquita cosa en el lano internacional, no puede aspirar a otra cosa que no sea una valoración paupérrima a nivel continental y, para qué decir, mundial.
La IFFHS acaba de clasificar a nuestra liga como la peor del fútbol sudamericano. Si, señores, tal como lo leen. Nuestros clubes, y el campeonato que protagonizan, están no sólo a una distancia enorme de ligas como la brasileña, la argentina y la colombiana, sino
que por debajo de ligas que antes mirábamos con un desdén muy poco disimulado, como
la venezolana, la ecuatoriana y la boliviana.
No pregunten, por favor, a cuántos años luz estamos de la Premier, la Liga de las Estrellas,
la Bundesliga o el Calcio italiano. Péguense la ubicadita…
¿Podíamos esperar otra cosa? Por supuesto que no. No cuando nuestro club mejo clasificado a nivel internacional en 2019 era Palestino, ubicado en el lugar 489. No cuando
Universidad Católica, que a agosto del año pasado, cuando este escalafón fue publicado, y
marchaba a paso seguro al bicampeonato, estaba apenas en el lugar 490, por detrás de los
“tricolores”.
¿Qué pasaba, a esas alturas, con Colo Colo y Universidad de Chile, nuestros buques nsignias de la competencia local? El “Cacique” aparecía recién en el lugar 666, al paso que
la U casi se caía de las primeras mil instituciones, ocupando un bochornoso puesto 962.
Mejor posicionados incluso que los azules estaban la Universidad de Concepción (705),
Deportes Temuco (712), Unión La Calera (744), Unión Española (844), y Deportes Antofagasta (926).
¿Cómo fue que llegamos a esto, habiendo tenido en su momento clubes competitivos a
nivel internacional? ¿Cómo, cuando Colo Colo llegó a ganar la Copa Libertadores en 1991 y
parecida gloria rozaron, en su momento, Cobreloa, Unión Española y Universidad Católica?
La respuesta, aunque pueda parecer una majadería, es una sola: la implantación a la fuerza, el año 2005, de las Sociedades Anónimas Deportivas en nuestro fútbol, dejando
atrás el sistema de Corporaciones de Derecho Privado sin fines de lucro que había existido
hasta ese momento. Y es que el nuevo sistema no sólo no ha significado ningún aporte
cualitativo desde el punto de vista organizativo y económico, sino que ha sido nefasto desde el punto de vista deportivo. Como si todo ello fuera poco, desde su implantación el sistema fue absolutamente corrupto, toda vez que para entronizarlo hasta se le torció la nariz a la ley e incluso a la sacrosanta Constitución, decretándoles a Colo Colo y a Universidad de Chile quiebras tan abusivas como fraudulentas.
Estamos de acuerdo en que, con el sistema anterior, había muchos aspectos deficitarios.
Que, frecuentemente, nuestros clubes transitaban por pellejerías que hasta ocupaban las
primeras páginas de los diarios. Que, es más que probable, además, no faltaron los pillines
que metieron las manos al cajón. El problema es que, teóricamente, y tratando spuestamente de enmendar esto, nos impusieron un sistema que hizo de la corrupción y
el latrocinio una costumbre en lugar de una excepción.
Con un agravante: si antes nuestros clubes eran capaces de pararse de igual a igual frente
a cualquiera, hoy son una murga en cualquier confrontación internacional que la Conmebol invente para este sector del mundo.
El mayor escándalo de la historia de nuestro fútbol lo protagonizó, qué duda cabe, Sergio
Jadue, hoy, como todo sinvergüenza, dándose la vida del oso en Miami. Pero para que ese
gigantesco robo de activos se llevara a cabo tuvo que contar al interior del fútbol,necesariamente, con cómplices tanto activos como pasivos. Es decir, aquellos que robaron junto con él y aquellos que, dándose perfecta cuenta de lo que estaba sucediendo, se hicieron los giles y miraron para el techo.
Un poco para no hacerle olitas a la autoridad. Bastante porque prácticamente todos, en su
momento, habían estafado al Fisco eludiendo el pago de los impuestos que correspondían
(o sea, a todos nosotros), a organismos públicos como Chiledeportes e, incluso, a las
municipalidades.
Como el genuino amor por una camiseta había sido reemplazado por los lucradores de
siempre, los nuevos regentes de las Sociedades Anónimas Deportivas se abocaron a la
tarea de maximizar las ganancias y disminuir al máximo los costos operativos. Dentro de
ellos, el más importante: la mantención de series menores, que significaban invertir mucha plata sin poder jamás tener la certeza de que esa inversión daría frutos. En otras palabras, consideraron que era botar la plata en camiones a la espera de que, de esos cientos de chicos, uno o dos con suerte llegaran al primer equipo.
Por eso es que, de ser tradicionalmente un país pobre en lo que respecta a producción de
jugadores de nivel, el fútbol chileno pasó a no producir a ninguno en estos ya tres lustros
de Sociedades Anónimas Deportivas. ¿Y cómo han tratado de soslayar esa verdad evidente? Con la absurda y demagógica medida de obligar a los directores técnicos a
alinear al menos un juvenil en el primer equipo por un determinado número de minutos a
través del campeonato.
Los buenos jugadores, zopencos sinvergüenzas, no surgen por decreto. Se imponen solos,
sin medidas voluntaristas. Basta que sean buenos y sepan aprovechar la oportunidad que
se les brinda, como se impusieron en su momento Leonel Sánchez, Jaime Ramírez, Elías
Figueroa, Carlos Reinoso, Carlos Caszely y una larga lista de cracks notables que sería
larguísima de enumerar.
Como a pesar de que mes a mes, además, los clubes cuentan con ingresos fijos millonarios
que les otorga el Canal del Fútbol (otro negociado a costa de Colo Colo y la U), menos se
entiende que, a la hora de conseguir jugadores para reforzar efectivamente sus planteles,
sobre todos los “grandes” hagan del ratoneo toda una costumbre.
Ya sé: no va a faltar el tontorrón que diga que fue precisamente eso fue lo que llevó a la
quiebra a albos y azules. Eso no pasa de ser otra mentira institucionalizada, otro sapo que
nos han hecho tragar para seguir sosteniendo y defendiendo este actual sistema tan nefasto como corrupto. Colo Colo y la U, históricamente, pasaron por periodos de bonanza y de vacas flacas, con la diferencia que siempre tuvieron dirigentes que, por amor a sus colores, hicieron gestión. En otras palabras, de una u otra forma se las rebuscaron para fichar a un Marcelo Espina o a un “Diablo” Etcheverry en el caso del “Cacique”. O a un Leo Rodríguez o un Flavio Maestri en el caso de los universitarios.
Si los que explican la quiebra de albos y azules apelan a este argumento de que “gastaron
mucho más de lo que eran capaces de producir”, ¿cómo se explica, entonces, que Universidad Católica jamás quebrara, a pesar de que se dio el lujo de tener simultáneamente en su equipo estelar a tres cracks argentinos de primerísimo nivel, como lo fueron Sergio Vásquez, Néstor Gorosito y el “Beto” Acosta?
Hoy, los regentes de las Sociedades Anónimas Deportivas, que les birlaron los clubes a sus
hinchas, traen a sus filas a cualquier patadura de segunda o tercera serie de Argentina,
Uruguay o Paraguay. Total, la ANFP no les pone ninguna cortapisa respecto de requisitos
para fichar foráneos, como ocurre en la gran mayoría de las ligas serias. Acá llega cualquiera y por eso es que hasta reaccionamos con asombro cuando uno de esos cien
ganapanes se pega al salto a la liga mexicana, por ejemplo.
El fútbol nuestro está mal, rotundamente mal. Parte por una dirigencia de la ANF absolutamente inepta y sigue con clubes pretendidamente dirigidos como una empresa,
pero empresas rascas que, al no conocer a fondo el paño, ni hacer gestión, se ven
obligados a escatimar hasta la última chaucha.
De acuerdo a ese escalafón diseñado por la IFFHS, la liga chilena ocupa el lugar número 53
a nivel mundial, con 361,5 puntos, pero el último a nivel del fútbol Sudamericano. Razón:
sus clubes se van a la primera de cambio en la Copa Sudamericana y ni hablar de los papelones que cumplen en la Copa Libertadores. Hasta instituciones de Venezuela, Perú y
Bolivia han hecho un papel mucho más digno los últimos años. Lo que, además, da para
pensar que en cualquier momento la Conmebol nos puede restar cupos para las dos copas
que año a año organiza.
Por pencas y charchas.
Y es que no tiene mucha coherencia que el fútbol nacional disponga de cuatro cupos para
la Libertadores y otros cuatro para la Sudamericana. ¿La mitad de los clubes de esa liga de
peso veinte compitiendo a nivel internacional? Verdaderamente, patético. En el “Top 10” de esa lista aparecen, junto con Inglaterra, España, Italia, Portugal, Francia,
Holanda y Alemania, Brasil (segundo lugar), Colombia (quinto lugar) y Argentina (lugar
noveno).
En el ámbito sudamericano, tras esas ligas figuran la peruana (47), la venezolana (41), la
boliviana (38), la uruguaya (34), la ecuatoriana (14) y la paraguaya (11). La misma comunicación de la IFFHS señaló, sin embargo, que la liga chilena había subido 14 puestos en relación con el ranking del año pasado. Nos imaginamos, en todo caso, que por decoro y decencia los regentes de Quilín no mandaron a un goma a comprar champaña para celebrar luego de conocido ese dato…
