Columna de Rodrigo Araya: ¿Cómo botar a un dictador?
El término de una dictadura es un valor muy compartido. También lo es la inviolabilidad del territorio nacional. Hoy, pareciera que lo que nos divide es en qué lugar de nuestra escala de valores ponemos ambos.
n una clase del colegio (por lo tanto, esto ocurrió a fines de la década del ’70) el profesor la lanzó sin prolegómeno alguno: el problema no son los valores, en ellos estamos casi todos de acuerdo… La dificultad surge por la escala de valores, a qué le das más relevancia.
Lo ocurrido en Caracas el sábado que recién pasó, me volvió a traer a la memoria esta frase, una de esas gotas de sabiduría que los profesores comparten cuando se salen del libreto.
El término de una dictadura es un valor muy compartido. También lo es la inviolabilidad del territorio nacional. Hoy, pareciera que lo que nos divide es en qué lugar de nuestra escala de valores ponemos ambos. De ello dependerá qué postura tomemos sobre este caso.
En definitiva, el conflicto ronda en torno a la pregunta cómo se debe poner fin a una dictadura. Ello, porque hay un cierto consenso (avance civilizatorio, se le denomina hoy) sobre las dictaduras: no son aceptables por cuanto afectan severamente la posibilidad de la realización humana de los habitantes de la nación. En definitiva, de nuestra felicidad.
En América Latina, ya que tuvimos tantas dictaduras, contamos también con variada experiencia sobre esto.
Mientras, en Argentina el régimen militar cayó en gran medida por la pérdida de apoyo que le trajo la contundente derrota que le inflingió Inglaterra a la intención de Galtieri de hacer efectiva la soberanía sobre las Islas Malvinas. Por algo, hoy se siguen llamando Falklands…
Fin de la dictadura
En Chile, a pesar de la movilización social que se vivió desde 1983, la dictadura sólo terminó cuando en una votación se impuso el No a Pinochet. “Corrió solo y llegó segundo”, tituló El Fortín Mapocho. Para que este resultado se diera, se requirió un plebiscito con padrón electoral y apoderados de ambas opciones, además de fuerzas sociales y políticas organizadas para propinar una derrota a Pinochet en su propio estadio y bajo sus propias reglas.
En Uruguay, la crisis económica y el descontento ciudadano, provocó una división en las Fuerzas Armadas, que llevó al fin de la dictadura (en ese tiempo dirigida por Gregorio Conrado Álvarez), y se elige a Julio María Sanguinetti como presidente.
En Brasil, nuevamente la crisis económica generó fisuras en la dictadura militar, las que se vieron acrecentadas por la movilización de una sociedad civil que se organizó para recuperar sus derechos y libertades. Esto culminó en una transición pactada que concluye con José Sarney en la presidencia.
En estos casos hay dos componentes que se repiten: una crisis (externa o interna) y una sociedad civil organizada para exigir el fin de la dictadura.
Exilio, cárcel, represión
Si tomamos el caso chileno, la organización de la sociedad civil se logra fundamentalmente gracias a la colaboración financiera de otros países, y organismos locales que trabajaban por este fin. La Iglesia Católica y las ONGs, fueron estos organismos, y países de Europa (Francia, Alemania, Holanda, entre otros) los que a través de sus ministerios de cooperación canalizaron recursos.
¿Hubo intromisión en asuntos internos? Claro. Pero no por la fuerza. Y eso marca una diferencia muy importante. No es lo mismo derrocar un gobierno musulmán que apoyar organizaciones por los derechos de mujeres.
Volvamos a las dictaduras latinamericanas.
En el caso venezolano la dimensión crisis interna está muy presente. Desde hace años. Las denuncias sobre lo que allí ocurre han tenido gran repercusión. La presidencial del 2024 recibió serios cuestionamientos de la comunidad internacional, lo que llevó a varios países a no reconocer a Nicolás Maduro como presidente de esa república.
Así ocurrió con el propio gobierno chileno, el que incluso puso término a su representación diplomática en Caracas, y también cerró los consulados en Puerto Ordaz y la misma Caracas.
El otro componente es el que deja dudas: ¿por qué no hay una sociedad civil suficientemente organizada para transformar esta crisis en oportunidad para poner fin a la dictadura?
Sin duda que las acciones del régimen permiten responder esta pregunta. Exilio, cárcel, represión, tortura, aparatos represivos y de seguridad dificultan cualquier intento democratizador. Pero eso también se vivió en Argentina, Chile, Uruguay y Brasil. Y tal vez con más dureza (¿cómo comparar a dos dictaduras?).
Represión no financiable
Y en estos países, si bien ello afectó a la oposición, no impidió que las dictaduras cayeran.
La oposición a Maduro ha mostrado su alegría por la irrupción de fuerzas de un país extranjero en territorio venezolano, y el apresamiento de quien ejercía la presidencia.
La duda es si junto con alegría, esto no representa además un alivio, ya que la superioridad militar de otro Estado permite disimular -al menos momentáneamente- la incapacidad propia para socavar las fuentes de legitimidad del chavismo. Esto sería clave si compartimos que no hay régimen ni gobierno alguno que pueda subsistir con legitimidad cercana a cero, entre otros motivos, porque eso implica un costo en vigilancia y represión imposible de financiar.
¿Pedirá algo más?
Nos guste o no, el gobierno de Maduro cuenta con legitimidad interna suficiente para sostenerse, a pesar de las crisis que enfrenta.
La declaración de Trump sobre María Corina Machado es suficiente prueba de esto: ella no posee el respeto ni el apoyo necesario dentro de Venezuela para gobernar el país de manera efectiva. Que Edmundo González, el presunto ganador de la presidencial del ’24, no figure mayormente en este debate, aporta a sustentar esta hipótesis. Y una última evidencia: actualmente ejerce la presidencia Delcy Rodríguez, ex vicepresidenta de Maduro, y nombrada para el cargo por el Tribunal Supremo de Justicia y ante la Asamblea Nacional. Es decir, la institucionalidad chavista conserva su vigencia, aunque no a su líder.
Entonces, ¿por qué no hay una satisfacción unánime ante la caída de Maduro? Porque ella no fue provocada por un movimiento social venezolano que permita pensar que va a cambiar el régimen, no el gobierno, en ese país.
Y la carencia de este movimiento social lleva a una solución que sabemos cómo empieza, pero no cómo termina: pedirle a un hermano mayor que nos saque del problema que no hemos podido enfrentar.
¿Por qué no sabemos cómo termina? Porque aún falta por conocer si ese hermano mayor se conformará con un muchas gracias, aunque provenga del fondo del corazón, o va a pedir algo más.

RODRIGO ARAYA