Columna de Mora Obregón: Cómo una guerra lejana golpea el bolsillo chileno
Las guerras modernas no tienen fronteras claras. Sus efectos económicos viajan más rápido que los misiles.
Chile no participa en conflictos militares en Medio Oriente. No es potencia nuclear, ni actor estratégico en ese tablero geopolítico. Sin embargo, cada vez que se intensifica una guerra en esa región, la economía chilena siente el impacto.
La razón es estructural: Chile importa prácticamente la totalidad del petróleo que consume. Eso significa que dependemos directamente de la estabilidad del mercado energético global.
Cuando se produce una escalada militar en zonas clave para el tránsito de crudo —como el Estrecho de Ormuz, por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial— los mercados reaccionan de inmediato. No es necesario que se bloquee totalmente el suministro, basta con el riesgo.
El resultado suele ser predecible:
-Aumento en el precio internacional del barril.
-Presión al alza del dólar.
-Incremento en los combustibles.
-Encarecimiento del transporte.
-Impacto inflacionario en alimentos y bienes básicos.
El golpe económico
En un país donde el transporte depende mayoritariamente de combustibles fósiles y donde miles de hogares utilizan parafina para calefacción durante el invierno, el efecto es especialmente sensible.
El impacto además es regresivo: afecta proporcionalmente más a los sectores de menores ingresos, que destinan una mayor parte de su presupuesto al transporte y la energía.
Chile es una economía abierta, pequeña y altamente integrada al comercio internacional. No tiene capacidad de influir en el precio global del petróleo, pero sí tiene la responsabilidad de evaluar cómo los escenarios internacionales pueden repercutir en su estabilidad interna.
Un análisis más amplio
Por eso, frente a conflictos globales, el análisis no debe limitarse al plano diplomático o ideológico. También debe incorporar una dimensión económica concreta: estabilidad de precios, costo de vida y protección de los hogares más vulnerables.
La política exterior puede sostener principios —legalidad internacional, respeto a los derechos humanos, solución pacífica de controversias— pero al mismo tiempo debe considerar que, en un mundo interconectado, las tensiones geopolíticas se traducen rápidamente en presiones inflacionarias locales.
Las guerras modernas no tienen fronteras claras. Sus efectos económicos viajan más rápido que los misiles.
Y en países como Chile, esos efectos se sienten primero en la bomba de bencina y luego en la mesa de cada hogar.
