Columna de Eduardo Bruna: El lumpen eliminó a Colo Colo de la Libertadores

Fortaleza pidió los tres puntos y lo más probable es que se los den. Y es que, a pesar del vandalismo habitual en nuestros estadios, nadie hasta ahora se había atrevido a invadir en masa el campo de juego. Frente a Racing y Bucaramanga el “Cacique” deberá jugar sin público, pero que Blanco y Negro se dé con una piedra en los dientes si la Conmebol no saca al cuadro albo de las próximas competiciones.

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Por Eduardo Bruna
Actualizado el 17 de abril de 2025 - 3:30 pm

Por ahora, Colo Colo jugará sin público, pero lo peor está por llegar / Foto: ARCHIVO

En el minuto 73 del partido Colo Colo-Fortaleza en el Estadio Monumental, válido por el Grupo E de la Copa Libertadores, el país pudo ser testigo del hecho más bochornoso y bárbaro que jamás se había producido en un recinto futbolero, por más que la historia, desde la década de los 80 del siglo pasado en adelante, registre incontables episodios reprochables tanto en el reducto albo como en otros de la geografía nacional.

Una cincuentena de pinganillas, exponentes fieles del lumpen que asola y avergüenza al país, penetró masivamente a la cancha tras destruir una de las planchas de acrílico que separa las aposentadurías del terreno de juego.

Y mientras los jugadores albos, genuinamente estupefactos por una acción desquiciada que de todas formas era inédita, quedaban absolutamente paralogizados, los jugadores de Fortaleza emprendían una rauda huida hacia la zona de vestuarios, imaginando con toda razón lo peor.

Los hinchas de verdad

En esos minutos de absoluto asombro y desconcierto, más de 40 mil espectadores normales y decentes, que no se llenan la boca con el apoyo y el “aguante”, simplemente porque son hinchas de verdad, sentían que el espectáculo futbolístico por el cual habían pagado se había terminado abruptamente.

No sólo eso: muchos de ellos, sin duda la mayoría, temió por su seguridad, calculando los graves incidentes que podían estar produciéndose al exterior del recinto.

Nada que ver una cosa con la otra

Las interpretaciones periodísticas no tardaron en aparecer: esos bárbaros, que valiéndose de un fierro a manera de chuzo habían terminado por fracturar el acrílico para invadir el campo de juego, lo hacían en protesta por el chico y la joven fallecidos en las afueras del estadio cuando, como tantas veces el lumpen, sin boleto de entrada, vio en la avalancha la forma segura de ingresar arrasando con lo que encontrara a su paso.

Lo habían hecho ya en una versión anterior de la Copa Libertadores, cuando Colo Colo debió enfrentar a River Plate.

Una interpretación tan antojadiza como falsa. Los muchachos trágicamente fallecidos -Martina Riquelme (18) y Mylan Liempi (12)-, habían muerto al menos una hora y media antes de que se iniciara el encuentro. En un tiempo de redes sociales instantáneas, en ese momento el 90% por ciento o más de los asistentes al Monumental ya estaban enterados de lo ocurrido. Como deben haberlo estado los dirigentes de Blanco y Negro, que en la investigación en curso que está llevando la PDI, seguramente van a ser consultados si, con la tragedia ya consumada, en algún momento intentaron comunicarse con la Conmebol para intentar suspender el partido.

La “hazaña” de romper con todo

Pero ese lumpen, en su mayoría menores de edad, que invadió la cancha, es un caso aparte. Ellos no cometieron la barbaridad en señal de protesta y duelo por los muchachos muertos, aplastados por un “zorrillo”. A ellos, desalmados, desprovistos por completo de principios y valores, los chicos fallecidos les importaron un comino. Sólo les pareció de lo más adecuado dar por terminado un partido en el que su equipo volvía a fracasar ante el muro que planteó Fortaleza y, si aparte de eso podían lograr algo más, tanto mejor.

Mientras algunos trataban de arrancarles la camiseta a algunos jugadores, para exhibir un recuerdo más que valioso de la hazaña perpetrada, otros buscaban a Arturo Vidal, a Brayan Cortes, a Mauricio Isla y algún otro, para tomarse una selfie con la cual presumir ante sus amigotes del barrio, tan flaites y cumas como ellos.

Mirando esas imágenes increíbles, admiré la sangre de horchata de los jugadores albos. Y es que ninguno reaccionó como cualquier otro lo habría hecho en tales circunstancias, esto es, darles un golpe bien pegado en sus abominables rostros, ojalá con voladura de un par de dientes o al menos un ojo morado.

Pude ver, incluso, que en un rapto de colosal ingenuidad, Emiliano Amor trataba incluso de parlamentar con ellos.

Las penas del infierno

Creo, sinceramente, que la Copa Libertadores se acabó para Colo Colo. Fortaleza está pidiendo los puntos por un marcador de 3-0 y la exigencia a la Conmebol nada tiene de descabellada. Simplemente, corresponde. Y que los regentes de Blanco y Negro se den con una piedra en los dientes de que puedan enfrentar a Racing primero, y a Bucaramanga después, sin público.

Porque no deberíamos espantarnos para nada si el máximo organismo del fútbol sudamericano deja a Colo Colo fuera de las futuras versiones coperas. Lo tendríamos más que merecido, y es que tenemos el peor público de fútbol de todo el continente.

Una plaga nacional

Lo triste es que el lumpen menor de edad se ha transformado en toda una plaga de “gremlins”. Porque lo sucedido el miércoles 10 en el Monumental no es un hecho aislado del fútbol. Lo ocurrido allí no es más que la expresión generalizada, y hasta me atrevería a decir que multitudinaria, de un fenómeno que, por culpa de analistas “progres” y paniaguados, tiene tantas explicaciones como atenuantes.

A otro perro con ese hueso.

Sabemos que el país fue envilecido por una dictadura bárbara que despreció por completo la educación pública, llegando al colmo de municipalizarla. Y sabemos, también, que los treinta años de una Concertación traidora prefirió arreglarse a recuperar esa educación pública que antes nos enorgullecía a nivel latinoamericano.

Y las consecuencias están a la vista. El pueblo humilde, pero digno, que alguna vez tuvimos, ya no existe. Se diluyó en medio de un sistema que predicó el individualismo, que destruyó las redes que protegían a la gente y todo atisbo de organización proletaria, empezando por los sindicatos.

El sálvese quien pueda hizo carne en esa gente que, pobre y desprovista de educación, supo que, para sobrevivir, tenía que recurrir a cualquier cosa, a no ser que creyera poder subir en la escala social apelando al PEM o al POJH.

En suma, este país se envileció. Se pudrió en lo más profundo de toda sociedad, es decir, en sus clases populares.

La mano blanda

¿No hay vuelta atrás entonces? ¿Esto no tiene remedio?

Por supuesto que no. Sólo que recuperar esa educación pública y de calidad que alguna vez tuvimos nos costará al menos treinta años. Pero mientras tanto, ¿qué? No podemos seguir permitiendo que ese lumpen menor de edad siga haciendo lo que se le antoje, entre otras cosas porque se sabe inimputable. En otras palabras, ya está bueno de guante de seda para tratar a cumas y flaites, porque o son ellos o somos nosotros.

Dejémonos del buenismo de ser considerados con estos “niñitos vulnerables y vulnerados”, porque a la hora de proceder estos pinganillas no tienen respeto ni piedad con nadie, y por robar lo que sea que se les ocurra matan tanto a un niño como a un anciano.

A encerrarlos entonces, donde no sean un peligro para nadie. O que paguen con cárcel sus padres o sus cuidadores, porque en este país para todo tiene que haber responsables.

Lo peor está a la vuelta de la esquina

De seguir como vamos, que a nadie le extrañe que la gente comience a pedir un Bukele. Que prefiera perder libertades a este clima de inseguridad que, más allá de las interesadas campañas de prensa escrita y televisiva, termina por permearnos a todos.

José Antonio Kast, Johannes Kaiser, y en menor medida Evelyn Matthei, se frotan las manos, jurando que con la sola represión se soluciona el problema. Nada nos dicen de la educación pública. Y tienen razón. Porque un pueblo que sabe, es mucho más difícil de engañar.