Caso Djokovic: sin ganador
Pese a que en el tenis no existen los empates, en esta farsa de once días entre el número uno del mundo y el gobierno de Australia, que terminó con la deportación de Novak Djokovic, no hubo ganadores. Solo un gran perdedor: el tenis.
Por SERGIO RIED
Desde que Tennis Australia, el ente rector del deporte blanco de la isla, autorizó a Novak Djokovic apara jugar en el AO (Australian Open), con sólo presentar un certificado médico que lo eximía de vacunarse contra el Covid-19, empezaron los raquetazos a diestra y siniestra entre el jugador y las autoridades de Inmigración, que detuvieron al serbio en el aeropuerto de Melbourne por no estar vacunado y haber mentido en el manifiesto de su visa.
El incidente terminó con Novak recluido en el Park Hotel, un refugio para inmigrantes rechazados. Obviamente al estar detenido, no podría jugar, como deseaba Tennis Australia que por contratos publicitarios y por el éxito del torneo, necesitaba de Djokovic para suplir la ausencia de Federer y la incógnita de un Nadal sin partidos en el cuerpo desde agosto.
De ahí en adelante (4 de enero) todo fue un intercambio de golpes entre el Primer Ministro, el ministro de Inmigración y el equipo jurídico del tenista. Con permisos para ir a entrenar en el Rod Laver Arena, interrumpidos por largas audiencias judiciales. Así hasta llegar al día en que Nole debía debutar en el Grand Slam (17 de enero) y aún no había un fallo definitivo sobre la situación del tenista. El tiempo se terminaba cuando un Tribunal Federal zanjó las diferencias entre las partes y decreto la revocación de la visa del jugador y ordenó su inmediata expulsion del país, con prohibición de ingreso durante tres años.

Un bochorno y una vergüenza para el país, sus autoridades tenisticas y judiciales y un revés para el tenista, que ya montado en un avión de la línea aérea Emirates rumbo a Dubai, masticaba su derrota fuera de la cancha y reflexionaba sobre su futuro. Un futuro que no va a ser nada fácil por las secuelas que dejarán en su vida y su desempeño en los courts, con jugadores y público en contra y la carga emocional de esta dolorosa experiencia provocada por su arrogancia, tozudez y altanería.
Novak Djokovic es solo un gran tenista pero no Dios como le hizo creer su padre.
